| 'Tenemos derecho a un mejor mañana': mujeres en reclusión piden igualdad, justicia y libertad este 8M. | ||||||
| Reflexionar sobre el 8M en el penal de Barrientos fue una oportunidad para alzar la voz sobre las injusticias de un sistema judicial sin perspectiva de género. Mujeres privadas de la libertad reclaman que tienen derecho a una segunda oportunidad, mientras el encarcelamiento de mujeres ha crecido más de un 50% en el país. | ||||||
| Domingo 08 de Marzo de 2026 | ||||||
| Por: animalpolitico.com | ||||||
“La sociedad piensa que porque somos presas no tenemos derecho a opinar, no tenemos derecho a que nos escuchen… queremos algo de igualdad; no porque estemos aquí, no la merecemos”, discuten entre ellas mientras deciden qué escribir en las pancartas, después de haber plasmado las huellas de sus manos, con pintura morada y amarilla, sobre las cartulinas blancas. Las visitas y la actividad, admiten, las sacan por un rato de la rutina, lejos de la monotonía de los días tan largos que han pasado y faltan por pasar, sin libertad, en un lugar que borra la noción del tiempo apenas al atravesar sus paredes, incluso si solo se trata de una visita. Ellas, todas, cuentan que tarde o temprano, resienten el “carcelazo”, como le llaman a la sensación de depresión que “pega de repente”. Parte de esa rutina, que para muchas representa una forma de ocupación diaria y algún ingreso, es el tejido de muñecas y otras figuras, que interrumpieron para iniciar la actividad del 8M, ambas iniciativas de la organización La Cana, que llevará las pancartas a la marcha este domingo. Al tejido le dedican jornadas de ocho horas diarias de lunes a sábado, dependiendo de los pedidos y el tipo de figura, pues cada una puede tomar entre dos y tres días en promedio. María José tiene 33 años, y los últimos tres los ha pasado en Barrientos, un penal mixto con una sobrepoblación de más del 190% —más de 5 mil hombres y casi 500 mujeres—. Para ellas, sostiene, lo peor que puede pasar en la vida es estar en un lugar así. Al principio, incluso sus tres hijos no sabían en dónde estaba, hasta que empezaron a reprocharle lo que ellos pensaban: que los había abandonado por un trabajo. Para ella, las frases que su grupo eligió son una forma de recordarle a la sociedad que, con frecuencia, los juicios en torno a ellas son equivocados. Desde su percepción, la mayoría de las mujeres en esa prisión son inocentes, pero las leyes y los jueces son muy injustos: “Solamente sentencian por sentenciar, como en mi caso, y creo que hay muchas”. Crece el encarcelamiento de mujeres, en condiciones de violencia y discriminación Como María José, 7 de cada 10 mujeres en reclusión tienen 39 años o menos. Del total de la población penitenciaria en el país, las mujeres representan solo un 7%; el resto son hombres. Sin embargo, entre 2020 y 2024 el encarcelamiento de mujeres aumentó más del 50% en México, de acuerdo con un informe elaborado por la organización EQUIS: Justicia para las mujeres, próximo a publicarse. En el documento, advierten cómo una vez que ellas entran en contacto con el sistema de justicia penal, este activa una serie de mecanismos que no solo no reconocen sus condiciones de desigualdad, violencia y discriminación, sino que las aprovechan para criminalizarlas y enviarlas a prisión. Además, más de 70% de las mujeres en centros penitenciarios que tuvieron una defensa pública declaró sentirse insatisfecha. María José también insiste en su inocencia. Explica que a ella la sentenciaron solo con base en un señalamiento, pero “en cualquier momento se van a abrir las puertas”, dice esperanzada. La inocencia es un tema que también atraviesa la charla durante la preparación de las pancartas. María José y sus compañeras aseguran que muchas de ellas terminaron ahí por haber estado en el momento equivocado con la persona equivocada. “¿Y cuántas veces la persona equivocada es un hombre?”, se les pregunta. Todas ríen y asienten. “La mayoría de las personas, creo yo, con las que platico o que conozco en este lugar, estamos aquí por estar con un hombre, por el relajo, por no hacer caso, y sí, también es el haber estado en el lugar equivocado, que es como a la mayoría nos pasa; en mi caso fue estar en el lugar equivocado en el momento menos indicado”, reafirma después en entrevista. Emma es parte de este grupo, y lleva 5 años recluida en Barrientos. Asegura que su experiencia ha sido muy difícil: “Nunca me imaginé estar en un lugar de estos; es difícil porque así como nosotras estamos aquí encerradas, la familia también, a diferencia de que ellos están afuera”. Ella era, de hecho, la cabeza de familia, con dos hijos y siempre trabajadora. Aunque en su caso hay todavía alternativas legales para buscar la libertad, el problema es la falta de recursos. Reclama, como las demás, que se les discrimina mucho y se les hace a un lado por el simple hecho de estar en un reclusorio: “No se vale, porque todas tenemos derecho a una segunda oportunidad… Vemos que hay muchas mujeres, unas por maltrato, otras por violencia, muchas cosas (pasan) por el simple hecho de ser mujer”. María Cristina es la más joven del grupo: a sus 24 años, lleva 3 años y 5 meses privada de la libertad, lo que al mismo tiempo le ha permitido superar sus adicciones. Confiesa que a Barrientos llegó muy mal, después de consumir de todo: piedra, cocaína, marihuana y sintéticas. Pasó año y medio sin que su mamá pudiera ir a visitarla, porque el delito involucraba a su pareja sentimental. El de María Cristina es un ejemplo común de lo que sucede en todos los reclusorios femeniles: la visita de los varones —como ese martes en Barrientos— genera largas filas con bolsas enormes de comida y productos. Para las mujeres no hay filas; muchas incluso se quedan sin visita. De acuerdo con EQUIS, 3 de cada 10 hombres reciben visitas de sus parejas, mientras que entre las mujeres, esa cifra apenas llega al 10%. Mago, la última persona del grupo, de 47 años de edad y 17 en reclusión, prefiere solo participar en la actividad y no contar más de su historia. Es la más dicharachera del grupo. Simpática, inquieta y extrovertida, se mueve todo el tiempo y le cambia el nombre a todo mundo, pero le llega la timidez cuando se trata de una cámara. El grupo bromea con que no quiere opacar: prefiere que sus amigas brillen. “Su señoría, ¿cómo te demuestro mi inocencia si no escuchas mi voz?” “Su señoría, ¿cómo te demuestro mi reinserción social si me quieres tener prisionera 30 años?”, es la pregunta que lee Yajaira Arredondo, de 42 años de edad y 15 en Barrientos, mientras sostiene la pancarta donde la escribió, junto a un grupo distinto de mujeres. La cartulina, incluidas las frases de sus compañeras, está repleta de profundos reclamos al Poder Judicial. “Que los ‘jueces’ den sentencias justas, no sentencias inhumanas y crueles”, dice otra frase en morado. Y una más de su amiga Susana: “Su señoría, ¿cómo te demuestro mi inocencia si no escuchas mi voz?”. La idea, explica Yajaira, es hacer conciencia a los jueces para que revisen o investiguen bien respecto a sus casos, porque muchas veces se dejan llevar solo por lo que dicen los policías y la parte acusadora. “A nosotras no nos escuchan como inculpadas… Llevo 15 años aquí, y todavía me faltan 15 para cumplir mi sentencia, y la vida se me está pasando, el tiempo se me está yendo, y todo lo que he aprendido, lo que he crecido como persona, todo lo que he avanzado, pido una oportunidad: que me dejen demostrarlo allá afuera, que estoy apta para volver a la sociedad”, pide. Yajaira asegura que quiere salir para trabajar, estar con su familia y con sus hijos. Piensa que su proceso no fue justo, porque no se tomó en cuenta que muchas veces el delito no se comete intencionalmente, sino por diversas circunstancias. Reclama, además, que tuvo varios cambios de abogados, y con todo y apelación y amparo, insisten en que tiene que compurgar 30 años. “Mi familia también está presa y sufre por mí”, escribió otra de sus compañeras en la misma cartulina. Yajaira lee la frase y aprovecha para recordar que el estar ahí no solo les afecta a ellas; la familia, en mente y corazón, y toda la gente que las quiere, también vive el encierro, sufre y se pregunta cómo la están pasando, si ya comieron o si están bien. “También nuestra familia se ata a esto”, apunta. Para EQUIS, en México la defensa adecuada es más un privilegio que un derecho de todas las personas: sólo 24 de cada 100 personas en un centro penitenciario —hombres y mujeres— contó con asesoría legal al presentarse en el Ministerio Público. Aunque la población femenil penitenciaria es mucho menor que la varonil, la proporción de mujeres que ingresan a prisión sin sentencia es mayor que la de hombres: 90% contra 86% en 2024. Además, 48% de las sentenciadas se sintió presionada para aceptar un procedimiento abreviado. La otra cara de la privación de la libertad: el apoyo entre mujeres En el grupo de mujeres que conformaron Majo, Emma, Cris y Mago para hacer sus pancartas, todas terminan soltando algunas lágrimas hacia el final de la actividad, cuando Mago prefiere no salir a cuadro, pero las demás cuentan lo que significa su amistad: “Mago es increíble”. Las ha ayudado en todo, aseguran. Además, todas coinciden en que la cotidianeidad en un reclusorio varonil es más difícil, en el sentido de que los hombres no socializan sus necesidades ni se apoyan como ellas. Para todo: desde tener comida o un poco de champú, dice Majo, hasta dejar las adicciones, como en el caso de Cris. María José opina que entre mujeres existe la confianza de decir “oye, ¿me puedes prestar?”, “es que no tengo” o “¿me regalas champú?”. Ella dice que ha encontrado apoyo de todo tipo: la han escuchado, le han compartido cosas cuando no recibe visita y la han acompañado para la atención a sus temas de salud, aunque a veces no hay suficiente medicamento. “Unas a otras nos damos ánimos, cuando las vemos deprimidas y tratamos de que le echen ganas”, dice Emma. Para los hombres es más difícil, complementa María Cristina, tener la confianza de pedir cosas; en cambio, ellas se ayudan y se apoyan. Ella asegura que en ese lugar, Dios le ha puesto muchos ángeles en el camino: “Somos como una familia aquí dentro también”. “Tenemos derecho a un mejor mañana” La esperanza también la sostienen juntas. Por eso su pancarta habla del mañana. Majo cree que en cualquier momento se van a abrir las puertas de la prisión, y habrá alguien justo que pueda decirle “no tienes nada que hacer aquí, vete”. Si este 8M pudieran estar en las calles —aunque de alguna manera, sus voces estarán a través de La Cana— pedirían, sobre todo, ser escuchadas, una posibilidad que, coinciden, les ha sido arrebatada con el encierro. “A fin de cuentas, seguimos siendo seres humanos. Todas las que estamos aquí merecemos una oportunidad, sea cual sea nuestra situación”, dice Emma. Ella pediría para todas aquellas que viven en reclusión, ser escuchadas y que su voz se haga valer. Porque hoy están ahí, pero mañana quién sabe. Y lo mismo aplica al contrario, para quienes hoy tienen libertad. Por eso pide que no se les juzgue de antemano, pues no todas son malas, y algunas solo se encontraron frente a malas circunstancias o decisiones. “Todas tenemos que apoyarnos unas a otras, y vernos y protegernos, porque no por el simple hecho de que ella haya hecho algo o no lo haya hecho, nosotras no somos quién para juzgarlas”, añade Ema. María Cristina, que está convencida de que ese sostén le ayudó a dejar de consumir, dice que todos los días se levanta con el pensamiento de que mañana será diferente, hoy es un nuevo día y se puede hacer una u otra actividad, pero tal vez mañana saldrán libres: “Todos los días decimos ‘mañana te vas, hoy ya sé libre”, concluye. |
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