| RAÚL VÁZQUEZ MONTOYA |
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| 2026-01-17 /
13:03:55 |
| LA REFORMA ELECTORAL QUE CAMBIA EL TABLERO POLÍTICO |
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La democracia no se extingue de golpe, se erosiona en silencio cuando el poder deja de tener límites. |
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Por Raúl Vázquez Montoya
¿El costo de la democracia o el pecio del poder absoluto?
La democracia cuesta, sí. Pero la ausencia de democracia cuesta más. Ese debería ser el recordatorio que guíe cada paso de esta reforma.
La eliminación total o parcial de los plurinominales, el financiamiento y prerrogativas a los partidos, la autonomía del INE y la posible desaparición de los OPLES son los puntos más polémicos de la reforma.
Reducir la representación proporcional busca adelgazar el aparato legislativo y reducir costos. Pero el problema de México no es la falta de leyes, sino su aplicación. Esa herida explica por qué la iniciativa de Reforma Electoral que la presidenta Claudia Sheinbaum enviará al Congreso despierta entusiasmo, pero que al mismo tiempo abre un debate.
Dos visiones enfrentadas. De un lado, ciudadanos que ven la reforma como modernización democrática. Del otro, voces que advierten que la propuesta podría alterar los frágiles equilibrios institucionales que sostienen la democracia y reducir el pluralismo político a un espejismo.
La reforma no debería ser un simple trámite legislativo. Es la oportunidad de consolidar la democracia, avanzar hacia un voto electrónico seguro y transparente, acercar la participación ciudadana y sensibilizar a las nuevas generaciones en el valor del sufragio.
Porque sin campañas equitativas, sin reglas claras y sin árbitro imparcial, las elecciones se convierten en ritual vacío.
La reforma electoral no es una cirugía menor: es un golpe letal contra PAN y PRI.
Los partidos que durante décadas dominaron la escena cavaron su propia tumba. Debilitaron el sistema multipartidista y sembraron desánimo entre los electores.
Hoy su destino parece escrito: pérdida de registros estatales y, después, la antesala de la desaparición nacional.
Es un proceso de agonía política que desnuda la fragilidad de las estructuras tradicionales frente a nuevas dinámicas de poder. El PRI y el PAN, otrora columnas vertebrales del sistema, son ahora sombras atrapadas en un laberinto del que difícilmente saldrán.
En medio del reacomodo, Movimiento Ciudadano (MC) podría emerger como segunda fuerza política.
Con una narrativa moderna y base creciente en estados estratégicos, MC se beneficiaría del colapso de los partidos tradicionales y del desgaste de los aliados del oficialismo.
Incluso en su versión atenuada, podría ser el catalizador que lo consolide como el principal contrapeso político.
El papel del PVEM y PT es decisivo. Su apoyo no nace de convicción, sino de necesidad.
Son el oxígeno que mantiene con vida una reforma que, de aprobarse, reconfiguraría el sistema político.
Su estrategia es clara: preservar condiciones mínimas para seguir flotando en un mar dominado por un partido hegemónico. No aspiran a disputar el poder, solo a sobrevivir.
Una reforma que amplíe la representación, que asegure espacio para todas las voces en el Congreso, que blinde la autonomía del INE y que fomente la confianza ciudadana. Esa es la arquitectura mínima de una democracia que aspire a sobrevivir a la tentación del poder absoluto.
Sin árbitro imparcial no hay elecciones libres. Sin pluralismo real, la democracia se convierte en decorado vacío.
Se requieren reglas que obliguen a los representantes a concluir su mandato, que refuercen la responsabilidad política y eviten la simulación.
Entre ellas: elevar del 3% al 4% el mínimo de votos para conservar el registro, exigir un padrón de militantes del 0.26% al 0.50% del Padrón Electoral Federal, y prohibir candidaturas de familiares directos de servidores públicos en funciones.
¿Es esta transformación un avance democrático o la consolidación de un poder sin contrapesos? Porque la democracia no se mide por su costo, sino por el precio que pagamos al perderla.
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