Rechazan cubanos que apagones signifiquen el fin de la revolución o un cambio de régimen; 'es solo una crisis más', sostienen
MEMORANDUM 1.- El cerco energético impuesto por el gobierno de Estados Unidos a Cuba, con la amenaza del presidente Donald Trump de cobrar aranceles a los países que abastezcan de combustible a la isla, ha generado consecuencias en salud, alimentación y, por supuesto, en la vida cotidiana de los cubanos, quienes sufren apagones intermitentes y prolongados, escasez y privaciones no vistas desde el “periodo especial” de crisis económica, entre 1991 y 1995. Sin embargo, para muchos cubanos no significa que esté a la vuelta de la esquina un inminente colapso ni un “cambio de régimen”. A juzgar por la determinación de resistir de tantos pobladores de la isla y la cohesión social nacida del rechazo a los desplantes intervencionistas de Trump, como en tantas otras ocasiones en el pasado, este anuncio sobre la inevitabilidad del fin de la revolución cubana, más que una realidad, parece un augurio nacido de los deseos de sus malquerientes y de la necesidad del trumpismo de ganar votantes de cara a las elecciones intermedias de noviembre. Para justificar la idea de que “el cambio de régimen” camina, diversas plataformas informativas en la órbita de Washington difundieron ayer y hoy la versión de que el mensaje del presidente Miguel Díaz-Canel del pasado 5 de febrero, llamando a Estados Unidos a sostener un diálogo serio, era un cambio de postura del gobierno cubano hacia ese país, provocado por el decreto de Trump del pasado 29 de enero contra la mayor de las Antillas. No obstante, Arleen Rodríguez, guantanamera y gran cronista, ganadora del Premio Nacional de Periodismo José Martí por la Obra de la Vida y amiga de juventud del mandatario cubano, sostiene que no es así. No hay –asegura– ningún cambio de postura de su país, y sí coherencia con su histórica disposición al diálogo y entendimiento con Estados Unidos, sobre la base de la igualdad y el respeto mutuos. Desde su punto de vista, la nueva fase de la ofensiva contra Cuba arranca con el genocidio en la franja de Gaza y la parálisis mundial para frenarlo. Es, dice, recordando la carta que desde Nueva York, en diciembre de 1891, José Martí escribió a José Dolores Poyo, “la hora de los hornos, en que no se ha de ver más que luz”. Lo cierto es que hoy, hay menos tránsito en las calles. Circulan menos vehículos. La escasez de combustibles es palpable. Muchas estaciones de servicio están cerradas por falta de gasolina. Y es que, en tiempos de Hugo Chávez, se llegaron a distribuir hasta 100 mil barriles diarios y, tras el cerco económico contra el madurismo, entre 2021 y 2025, la cifra disminuyó en casi tres cuartas partes, a 30 mil barriles diarios. La Habana produce sólo 40 mil de los 100 mil barriles que necesita diariamente. Y su importante plan para cambiar la matriz energética del país impulsando fuentes renovables que le permitan depender menos de combustibles fósiles avanza a un ritmo más lento que sus necesidades. Sin embargo, la ciudad fluye. Hay mucho movimiento. Los peatones van y vienen. En el malecón, cerca de la estación de ferrocarriles, la gente pesca. Cuando la noche cae, los barrios se llenan de jóvenes realizando actividades culturales, o jugando futbol o basquetbol. A pesar de las dificultades, los cubanos se adaptan para seguir su día a día. Llevan más de 60 años inventando soluciones novedosas, llenas de ingenio, a los desafíos que plantea el bloqueo económico. Sólo que ahora ha crecido la indignación contra Donald Trump. No es la primera ocasión en la que se anuncia el fin de la utopía antillana. En 1991, el periodista Andrés Oppenheimer publicó el libro La hora final de Fidel Castro. Diez años después fue reditado. La obra se presentó como resultado de una estancia en Cuba de seis meses y más de 500 entrevistas con integrantes de la oposición y altos funcionarios del régimen. Oppenheimer es un periodista argentino, colaborador de The Miami Herald y de CNN que vive en Estados Unidos y tiene vínculos estrechos con el exilio cubano en Miami. Su libro describe lo que debió ser el supuesto derrumbamiento del poder de Fidel Castro, tras décadas al frente de la revolución. Anticipaba la inminente caída del comandante y el colapso del castrismo en la isla. Pero sus sueños húmedos se evaporaron. Sus vaticinios sobre la inminente caída del régimen cubano, elaborados al calor de la desintegración del bloque soviético y la desaparición de la URSS, resultaron pólvora mojada. Profusamente difundidos como si fueran la Biblia en periódicos y televisión, no se cumplieron. Fidel Castro murió en noviembre de 2016, fue relevado por su hermano Raúl y luego por Miguel Díaz-Canel. Contra viento y marea, con múltiples dificultades, con reformas sui generis y ahora con solidaridad internacional encogida, el modelo cubano sobrevive, a pesar de todos los augurios que anuncian su inminente desaparición. Como sucedió en su momento con Oppenheimer, la agresión militar estadunidense en Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro han provocado el renacimiento de la profecía sobre el inminente fin de la revolución cubana.