Francisco Cabral Bravo
Con solidaridad y respeto a Rocío Nahle García y Ricardo Ahued Bardahuil
Hay frases e ideas que te sacuden y se te quedan reverberando en la cabeza. Me pasó hace tiempo leyendo a Jesús Reyes Heroles: “Cambiar para conservar, conservar para cambiar”.
La política no es un artificio, sino un arte como dice el refrán “en la victoria humildad, en la derrota dignidad, y en lo esencial dignidad. Como diría el Carlos Marx de mitad del siglo XIX, “hoy todo lo sólido se desvanece en el aire”.
“Se te dio a elegir entre la guerra y el deshonor. Elegiste el deshonor, y tendrás guerra”, palabras que ya en El Príncipe, Maquiavelo había señalado que aquel príncipe que trata de evitar la guerra para mantener el poder, al final pierde la guerra y pierde el poder.
El mundo de ayer como escribió Stefan Zweig, definitivamente ya no es, pero con la experiencia histórica del fascismo y el nazismo tendremos que hacer más, mucho más, en todos lados hoy para fortalecer la resistencia antifascista y de los autócratas de afuera y los de dentro y no estar lamentándonos mañana.
Basta una breve mirada a los periódicos, a escuchar y observar con rapidez los diferentes espacios noticiosos para que llegue a nuestra memoria aquella frase que Marco Tulio Cicerón, el gran orador y político latino, empleó en uno de sus discursos en contra de Catilina, personaje de infausta memoria que había intentado asesinarlo como parte de un ardid político, tan común en aquellas épocas, sólo en aquellas épocas, y que se puede traducir como “Oh, tiempos. Oh, costumbres”. Una frase que Cicerón empleaba para evidenciar la fuerza de la corrupción política en la que se encontraba el gobierno y que, de alguna manera, era posible al señalar una cierta complicidad de la sociedad al permitir que la injusticia prevaleciera; que todo, en ese sentido, pareciera tan normal.
Este fragmento nos recuerda que, por encima del interés de unos cuantos, debe estar el de la sociedad y el Estado mexicano. Frente a esta compleja coyuntura, el reloj avanza.
Rocío Nahle dio un valioso paso para recuperar el estado que hemos ido perdiendo apuntando al corazón del problema, sin importar el color político que vistan los funcionarios públicos.
Barrer parejo y es necesario que esta acción encuentre el respaldo de la sociedad que quiere vivir en razonable paz a fin de que no se quede en un intento. La política es un esfuerzo dedicado a impulsar la supremacía del orden y la justicia, es asegurarse que el poder sirva a los intereses generales, con objetivos sociales claros. La política es un medio para realizar la integración de todos los individuos en la comunidad para crear la ciudad justa de la cual hablaba Aristóteles. Sin duda la mejor estrategia de Rocío Nahle no es “jalar la cobija” sino hacerla crecer. Rocío Nahle, Ricardo Ahued y José Manuel Pozos lanzan su espada en prenda como Guadalupe Victoria y van por ella en quienes recae una enorme responsabilidad política. Políticos profesionales que han demostrado ser valiosos y honestos en todas las responsabilidades que han tenido dentro del escenario estatal y nacional reaccionan con inteligencia, tino y rapidez; capaces, sensibles y respetuosos.
La actual administración retoma con fuerza la relación Iglesia-Estado la cual estuvo abandonada en el pasado sexenio. Se ha tenido un acercamiento de trabajo en esta reconciliación. De esta manera la Dirección General de Asuntos Religiosos refrenda el compromiso de mantener el diálogo y respeto permanente a la diversidad religiosa.
En otro contexto los mejores viajes son aquellos que superan nuestras expectativas, los lentos, los que nos dejan observar y tocas más allá, los que nos permiten conocer las esencias, las tonalidades, los ritmos naturales, esos que nos permiten hacernos parte de ese todo, propio y familiar, esos que nos permiten por unos instantes, imaginar y proyectar un nuevo orden para nuestra vida, esos, los que inspiran. La introspección es quizá, de todos los viajes el más interesante, porque es de imaginar, de indagar, de visualizar u proyectar aquello que suma, que resta, que multiplica o divide en nuestra vida. La introspección es ese despacho que decide qué se queda y qué se va, es la primera edición y probablemente la última que hacemos en cada reflexión o análisis.
La introspección es el hábito de mirarnos hacia dentro. Académicamente, es el acto de observación que una persona realiza de su propia consciencia. Es cierto, gentil lector, que existe una resistencia natural a ella, pero nos compete ese salto inicial a favor de nuestra propia evolución y crecimiento. La resistencia tiene muchas razones, quizás algunas con mayor validez que otras.
Y es que no hay futuro mejor sin un presente calmo y claro. Calmo, porque se necesita un remanso que sea capaz de aislarnos del ruido externo y nos conecte con lo propio y claro, porque sin el primero no llega el segundo.
Hay mucho que cavilar para quien decide dejar de divagar en lo mundano de su vida y, más aún, para quién elige dejar de ser rehén de sus propias experiencias o fantasías, algunas de ellas tantas veces fallidas.
La neurociencia ya ha demostrado que observar nuestros pensamientos cambia la realidad con un 94% de precisión. Es así cuando la mente dirige la atención consiente hacia sí misma, el cuerpo empieza a actuar en consecuencia y de manera directa. La introspección es la herramienta que nos permite hacer consiente nuestra propia existencia y ordenarla a nuestro favor.
En otro orden de ideas el futuro de adivina sin políticos de calidad y, entonces, ante esa carencia, los países de entregarán a quien esté disponible. Sería tan grave que, ante eso, de poco nos serviría la república, la democracia, la Constitución y todos nuestros grandes inventos políticos. En los países donde no hay médicos ni abogados ni políticos, nos opera, nos defiende y nos gobierna tan sólo quien caiga.
En la política, como en la medicina, la decadencia es un trastorno permanente y progresivo. A diferencia, la crisis suele ser transitoria y remisible. Lo que las identifica es que ambas son enfermedades del cuerpo o del Estado. Esto me viene a cuenta porque llevo tiempo pensando si la política mundial de hoy está en crisis o está en decadencia. No he llegado a una conclusión, pero de lo que estamos seguros es de que está enferma.
Por eso es esencial el diagnóstico. En nuestro país no hay duda de que enfrentamos muchas crisis.
Seguridad, salud, corrupción, crecimiento, desarrollo, producción, energía, educación, diplomacia.
Cuando todo va mal, pero la política va bien, todo puede mejorar. Pero, cuando la política va mal, hasta lo que hoy va bien mañana puede ir mal. Los tiempos recientes me han hecho pensar si muchos de los países más importantes están padeciendo crisis o están sufriendo decadencia. Es por eso que a muchos hombres y mujeres de mi generación casi nadie nos puede asombrar ni nos puede deslumbrar. Hemos visto lo transitorio del poder político, que siempre dura menos que los hombres. Hemos sabido de la impostura del poder político cuando no es grandioso sino cuando, simplemente, es grandote.
Me acomete el temor de una decadencia y ya no sólo de una crisis. Ello por qué, hoy más que antes, muchos jóvenes no quieren ser políticos ni saber nada de política. No encuentran a quién admirar, a quién imitar, ni a quién aprender.
Consideran que muchos políticos son cobardes, estúpidos, traicioneros, perversos y rateros. Y todavía no encuentro alguna razón para rebatirlos.
El tiempo histórico no es línea recta ni la vida tiene palabra de honor. Casi siempre promete, pero no necesariamente nos cumple. Mucho deseo que la historia futura no registre nuestro tiempo político como el del paso de una crisis sistémica hacia una decadencia bárbara.
El del tránsito hacia una edad media de alta tecnología.
|
|