No por otra cosa sino porque aborda un tema de actualidad: la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, inmediatamente vino a mi cabeza: ¿qué puede un papa decir sobre la inteligencia artificial? los Papas, ¿no deberían estar orando para que el mundo sea mejor? las encíclicas que ellos escriben ¿funcionan?
Son todas preguntas legítimas que, formuladas desde la ignorancia, más allá de que muchos las hayamos pensado, quizá no nos hemos atrevido a contestarlas. Acto seguido, lo que hice fue tomarle la palabra al Papa y preguntarle a la IA. Primer descubrimiento: la palabra viene del latín encyclia (y del griego enkyklia), qué significa "circular" o "para andar en círculo", es decir, una encíclica es una carta, un comunicado, un mensaje pastoral, que pretende circularse entre todos.
El segundo descubrimiento fue que la IA señaló que, ante las épocas de cambio y los cambios de época, las encíclicas sirven para mostrar una postura sobre temas nuevos, para orientar y dar parámetros subjetivos de pensamiento guía ante esos nuevos sucesos y, en definitiva, para saber qué pensar y cómo actuar ante situaciones complejas. ¡Curioso! La IA termina diciendo "Es una forma de mantener a toda la comunidad Global en la misma página".
Más datos interesantes: aunque los Papas llevan escribiendo cartas desde hace 2000 años, el formato oficial de encíclica, tal como lo conocemos hoy nació en 1740 con el Papa Benedicto XIV, quien escribió la primera llamada Ubi Primum (encíclica centrada en recordar a los obispos sus deberes pastorales, la identidad del clero y el correcto funcionamiento de los seminarios).
Tal y como diría el filósofo español, José Ortega y Gasset, yo no soy y mis circunstancias, así ha pasado con los Papas. La IA señala que la cantidad de encíclicas varía muchísimo según cada Papa y el contexto histórico en el que les tocó vivir. El campeón indiscutible fue León XIII (1878-1903). Escribió la impresionante cantidad de 86 encíclicas. Su ministerio lo ejerció durante 25 años en plena Revolución Industrial y tenía una postura para casi todo. Otros muy prolíferos fueron Pío XII que escribió 41 y Pío IX publicó 38. Los más recientes, como Juan Pablo II publicaron 14 encíclicas. Benedicto XVI sólo escribió 3 encíclicas; y Francisco escribió 4.
Son datos interesantes, sin duda, pero ¿sirven de algo las encíclicas? Siguiendo al Papa León IV es por ejemplo, la Rerum Novarum (de las cosas nuevas) de León XIII escrita en 1891, significó para el mundo un cambio de visión: fue el primer documento oficial de la Iglesia que exigió salarios justos, jornadas laborales humanas, el derecho a descansar los domingos y la prohibición del trabajo infantil. Está encíclica cambió la forma de entender el trabajo, su función y finalidad. No hay duda. Otra que debe destacarse es Pacem in Terris (paz en la tierra) de Juan XXIII, en el año de 1963. Se publicó en el punto más crítico de la guerra fría, imprimió un antes y un después en la diplomacia mundial y los derechos humanos.
Las encíclicas, por tanto, no son llamadas a misa, son documentos que nos trazan un norte, son brújulas, nos ayudan a diferenciar lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto. Nos ayudan a profundizar en los grandes problemas de hoy. El Papa León XIV no es la excepción. Planteé un tema de la mayor profundidad: advierte que el progreso científico no entraña necesariamente el progreso moral.
Eso no tiene precio. Lo que nos dice Y advierte es que, en nombre del progreso se puede hacer pagar a los demás vulnerables el precio de una presunta optimización de la especie, aún y cuando, realmente las conquistas de la ciencia y de la técnica, desvinculadas del progreso moral y social, terminan por volverse contra la persona humana.
En fin, me di cuenta que las encíclicas sí sirven para algo. Dan luz, norte y esperanza de que este mundo en el que vivimos puede ser mejor, a pesar de nosotros mismos.
En otro orden de ideas, en política, la única verdad absoluta es que todo es relativo. No porque todo de igual, sino porque casi nada puede entenderse fuera de contexto. No hay una sola variable que explique todo. Por eso hay que leer al pensador francés Edgar Morín, fallecido el 29 de mayo, a los 104 años.
Más que sociólogo, filósofo o teórico de la educación, fue, Como dijo Emmanuel Macron "el humanismo ha hecho persona", un intelectual de la lucidez incómoda que dedicó su vida a desmontar las certezas demasiado simples con las que los seres humanos, y particularmente los políticos, suelen explicar el mundo para poder dominarlo.
Morín, laico y universalista, fue un crítico severo de la ocupación y la colonización de Palestina.
Aquí podemos ver una clara aplicación de su concepto clave, complejidad, el cual nos da una forma de mirar la realidad sin mutilarla. Complejo: lo que está tejido junto.
El político que no entiende esto gobierna con bisturí de carnicero. El periodista que no lo comprende deforma la realidad.
El pensamiento complejo descansa en ideas que deberían enseñarse en toda escuela de gobierno. La primera es que dos lógicas opuestas pueden coexistir y ser necesarias al mismo tiempo.
Orden y desorden, conflicto y cooperación, estabilidad y cambio. Estado y sociedad, libertad y autoridad. La política democrática consiste en administrar esas tensiones sin negar una de las partes.
Quién cree que todo orden es represión termina siendo incapaz de construir instituciones. Quién cree que todo conflicto es amenaza, sofoca la pluralidad. Quién cree que toda crítica es traición acaba encerrado en una corte de aduladores.
Marina enseña a desconfiar de las explicaciones únicas y la política contemporánea está enferma de ellas. Para unos, todo se explica por el neoliberalismo. Para otros, todo se explica por el populismo. La corrupción es la raíz de todos los males.
Y es que nuestro país parece diseñado para desmentir las teorías simples. México no cabe en una consigna. Lo que Morín llama policrisis de desastres que se alimentan entre sí.
Leer a Edgar Morín no hará mejores a los políticos que no quieren pensar. Pero puede invitar a desconfiar de la explicación única, reconocer la interdependencia de los problemas, asumir que toda decisión produce efectos inesperados, resistir la tentación sectaria, mirar al adversario sin deshumanizarlo y recordar que la política, si pierde la compasión, se convierte en técnica de dominación. Morín advertía que ninguna tecnología puede reemplazar la conciencia, la sensibilidad o la responsabilidad frente a los demás. Pero también advertía que esas capacidades no son automáticas ni permanentes. Se cultivan o se atrofian.
Para finalizar como lo comentamos al inicio el papa León XIV fórmula una pregunta que los algoritmos no pueden responder: ¿estamos construyendo una herramienta para cumplir la plenitud humana o un sistema que terminará acelerando nuestra obsolescencia moral? Nos encontramos en los umbrales de la singularidad. El pontífice no rechaza la tecnología ni desconoce su potencial para el bien, pero advierte sobre los riesgos del "paradigma tecnocrático", es decir, de una lógica que subordina la vida humana a los criterios de eficiencia, control y optimización.
Uno de los conceptos centrales que introduce el pontífice es el de la "algorítmica". De ahí su afirmación tajante. No todo lo que es tecnológicamente posible es éticamente aceptable. Su propuesta no consiste en prohibir IA, sino en desarmarla: despojarla de toda capacidad para discriminar, vigilar o erosionar la dignidad humana.
Si vamos a convivir con inteligencias que superen nuestra capacidad de razonamiento, nuestra única defensa será fortalecer aquello que nos hace irremplazables: la compasión, el sentido de la justicia y la capacidad de amar.
La AGI puede que aprenda a pensar como Einstein, pero nunca podrá sentir el dolor del prójimo como un ser humano. La verdadera carrera no es ver quién llega primero a la singularidad, sino quién llega con su humanidad intacta. |
|