Francisco Cabral Bravo
Con solidaridad y respeto a Rocío Nahle García y Ricardo Ahued Bardahuil
Como ha sido habitual con cada una de mis columnas de arranque de un año nuevo, intento en ellas otear el horizonte geopolítico para compartir mis impresiones acerca de lo que podría depararnos el sistema internacional a lo largo de los 12 meses venideros.
El mundo vive tiempos disruptivos, donde todo apunta hacia el regreso del imperialismo. Las grandes potencias y la conformación de bloques nos remiten a los momentos más crudos de la Guerra Fría en el siglo XX, pero al mismo tiempo, al colonialismo bestial del siglo XIX.
Sin tapujos ni pruritos Donald Trump amenaza a países, a líderes y a territorios extranjeros, bajo el argumento atroz de la fuerza, de la violencia y de los intereses de su nación.
Parece que nos despedimos de la era del derecho internacional, los organismos multilaterales ante la evidente fragmentación de occidente.
Las leyes se pisotean, se atropellan acuerdos internacionales, se desdibujan las alianzas que resultaron de la Segunda Guerra Mundial. La tiranía está de vuelta con sociedades insatisfechas, insaciables, antiglobales.
En este contexto, la adecuada lectura de los hechos, de las intenciones, de los discursos, es fundamental para definir dónde está México y dónde quiere estar.
El gastado discurso de la soberanía del respeto al derecho y a las libertades, no responde al momento histórico que vivimos.
Lo que es un hecho es que nuestro vecino, socio, “aliado”, en una sí, pero en otras no, insiste continuamente en un poder extralimitado del narcoterrorismo, así descrito por Washington en México. De vínculos y relaciones entre políticos mexicanos y partidos con criminales.
México no es, por su historia, raíces y cultura un territorio susceptible de convertirse en un “Estado Asociado” de la Unión Americana. Es radicalmente contrario a nuestros principios. Pero la vecindad geográfica nos ha colocado a lo largo de la historia en la inevitable condición, para otras naciones en el mundo envidiable, de sostener acuerdos, tratos, relaciones, intercambios.
Lo mejor para México es la colaboración, la cercanía sin sumisión, como atinadamente ha dicho la presidenta, y el fortalecimiento de la alianza en lo comercial, pero sobre todo en materia de seguridad.
Nadie afirma que nos sometamos a las directrices de Washington y de la Casa Blanca, ni mucho menos, que nuestras Fuerzas Armadas estén bajo el mando del Pentágono.
Pero existen muchas áreas de colaboración estratégica, inteligente, que se pueden fortalecer sin la abyecta sumisión.
La clave está en asumir una decisión de fondo, de principio y convicción para desmantelar la narcopolítica, alianzas, pactos y controles territoriales. Eso significa abrir la caja de Pandora. Sólo eso podría colocarnos en una situación de cierta solidez frente a un vecino hostil, agresivo, violento y envalentonado.
Lo mejor para México es trabajar en conjunto, colaborar con disposición e inteligencia, pero con juego abierto.
Como es tradición, y a pesar de la incertidumbre, vale la pena hacer un ejercicio donde esbozamos los primeros trazos de lo que esperamos será 2026.
Según el calendario chino, en febrero del 2026 inicia el Año del Caballo de Fuego, un ciclo asociado con energía, movimiento y cambios rápidos. También en el 2026 Donald Trump cumple su primer año de su segundo término como presidente de los Estados Unidos.
Los primeros días del 2026 también nos recuerdan la elección fundamental que deberían haber aprendido los gobiernos de Venezuela, Cuba, Irán, Colombia, Ucrania, Unión Europea, China, Canadá, Rusia y México; el fortalece el respeto, no adular, burlarse, contestar mediante las redes sociales, imitar su forma de bailar, no tomar en serio sus amenazas, asumir que alguien o alguna institución lo detendrá; es cometer un error estratégico.
Y por más que los líderes de los países se quejen de que es injusto que Trump ejerza el poder en una forma irresponsable, ilegal, inmoral, impactando el mundo, desafortunadamente solo los estadounidenses podrán detenerlo.
Ante la pregunta hecha por el periódico “The New York times” si existían límites a sus deberes globales, su respuesta debería hacer temblar a todos: “Sí hay una cosa. Mi propia moral. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”. También se le preguntó si respetaría el derecho internacional, su respuesta fue un knockout: “Depende de cuál sea tu definición de derecho internacional, no necesito el derecho internacional. No estoy buscando hacerle daño a la gente”.
Durante años he estudiado cómo se negocia bajo presión extrema: desde crisis de seguridad hasta disputas diplomáticas, donde la amenaza, explícita o velada, es parte del guión. En todos esos escenarios, hay un principio que nunca falla: no se negocia con la persona que quisiéramos tener enfrente, sino con la que realmente está ahí. Y Trump, con su estilo disruptivo, emocional y profundamente personalista, obliga a replantear las reglas tradicionales.
Trump no negocia como un jefe de Estado convencional. Negocia como un empresario acostumbrado a imponer, condicionar, escalar tensiones y usar la amenaza como herramienta de persuasión. Para él, la presión no es un recurso excepcional es un lenguaje natural. Por eso, quienes interactúan con él deben entender cuatro motivaciones que guían su conducta: ego, imagen, venganza y negocios. El error más común es subestimarlo. Muchos líderes han caído en la tentación de interpretar sus declaraciones como exageraciones o impulsos pasajeros. Se burlan de Donald y le faltan el respeto. Este fue probablemente el error existencial de Nicolás Maduro. No tomó en serio las amenazas, riéndose de Trump. Pero también es cierto que Trump recompensa a quienes le permiten proyectar poder. Su elogio público a gobiernos que “cooperan sin quejarse” no es casualidad, es parte de su estrategia para dividir, presionar y condicionar.
Esto, en parte, explicaría el giro tan dramático de la interacción de Gustavo Petro con el presidente estadounidense. Si las elecciones de medio término en Estados Unidos se realizarán hoy, y no el primer martes de noviembre, el Partido Republicano perdería la mayoría en la Cámara de Representantes. Y hay razones para esa inquietud.
En la entrevista concedida a New York Times, Trump fue explícito al señalar que “solo el tiempo dirá” cuánto durará la participación estadounidense en Venezuela.
Ante la insistencia de los periodistas, ¿tres meses?, ¿seis meses?, ¿un año? respondió: “Yo diría que mucho más tiempo”. El contraste político es evidente. Trump ganó la elección de 2024 cuestionando el involucramiento de Estados Unidos en conflictos. El poder no necesita justificarse cuando tiene la fuerza suficiente.
Max Weber nos enseñó que toda dominación necesita justificarse. Maquiavelo concluía que era mejor ser temido que amado. Pero incluso él sabía que el temor tiene límites. “Debe hacerse temer de tal modo que, si no se hace amar, evita al menos el odio. Mucho agradezco a Aristóteles, quien nos enseñó a pensar, y a Descartes, quien nos enseñó a dudar.
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