De Veracruz al mundo
PANORAMA POLÍTICO
JaimeFlores
2019-10-31 / 16:08:11
EL TRAJE NUEVO DEL “EMPERADOR DE VERACRUZ “.

JAIME FLORES.


Cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia.

Con la realidad del Veracruz de hoy, que nos toca vivir o sobrevivir, con sus primeros lugares.

Primer lugar en secuestros.

Primer lugar en femenicidios.

Primer lugar en casos de Sida.

Primer en lugar en casos de dengue.

Pero eso parece no importarle al Gobernador de Veracruz.

Quizá para él se poca cosa. Pensando que el pueblo y la prensa somos unos exagerados.

Qué bueno que el Gobernador Cuitláhuac García Jiménez se de su tiempo para

Disfrazarse, para transformarse con motivo de la celebración de Día de Muertos, Días de

Muertos que en Veracruz no es cada año, sino es el pan nuestro de cada día. Quizá lo haga

Para olvidarse de esa realidad que lo abraza, que lo atrapa y lo exhibe ante propios y extraños,

por su evidente incapacidad para la buena gobernanza, por ser él quien encabeza un estado

fallido, que lidera los primeros lugares, con los flagelos sociales expresados líneas antes.

Por alguna razón, al verlo en las fotos disfrazado de catrín, tan divertido y muy quitado de la

pena acompañado del Secretario De Gobierno Erick Cisneros, también travestido por un disfraz

en este vistoso desfile, me vino a la mente el famoso cuento de Hans Chistian Andersen

publicado en 1837 y titulado “El Traje Nuevo del Emperador” que a continuación me voy a

permitir compartir con todos ustedes:

EL TRAJE NUEVO DEL EMPERADOR.

Hace muchos años había un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos que gastaba todas

sus rentas en vestir con la máxima elegancia. No se interesaba por sus soldados, ni le atraía el

teatro, ni le gustaba pasear en coche por el bosque, a menos que fuera para lucir sus trajes

nuevos. Tenía un vestido distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se dice de

un rey que se encuentra en el Consejo, de él se decía siempre:

–El Emperador está en el ropero.

La gran ciudad en que vivía estaba llena de entretenimientos y era visitada a diario por

numerosos turistas. Un día se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores,

asegurando que sabían tejer las telas más maravillosas que pudiera imaginarse. No sólo los

colores y los dibujos eran de una insólita belleza, sino que las prendas con ellas

confeccionadas poseían la milagrosa virtud de convertirse en invisibles para todos

aquellos que no fuesen merecedores de su cargo o que fueran irremediablemente

estúpidos.

-¡Deben ser vestidos magníficos! -pensó el Emperador-. Si los llevase, podría averiguar qué

funcionarios del reino son indignos del cargo que desempeñan. Podría distinguir a los listos

de los tontos. Sí debo encargar inmediatamente que me hagan un traje.

Y entregó mucho dinero a los estafadores para que comenzasen su trabajo.

Instalaron dos telares y simularon que trabajaban en ellos; aunque estaba totalmente vacíos.

Con toda urgencia, exigieron las sedas más finas y el hilo de oro de la mejor calidad.

Guardaron en sus alforjas todo esto y trabajaron en los telares vacíos hasta muy entrada la

noche.

«Me gustaría saber lo que ha avanzado con la tela», pensaba el Emperador, pero se encontraba

un poco confuso en su interior al pensar que el que fuese tonto o indigno de su cargo no podría

ver lo que estaban tejiendo. No es que tuviera dudas sobre sí mismo; pero, por si acaso, prefería

enviar primero a otro, para ver cómo andaban las cosas. Todos los habitantes de la ciudad

estaban informados de la particular virtud de aquella tela, y todos estaban deseosos de ver lo

tonto o inútil que era su vecino.

«Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores -pensó el Emperador-. Es un hombre

honrado y el más indicado para ver si el trabajo progresa, pues tiene buen juicio, y no hay

quien desempeñe el cargo como él».

El viejo y digno ministro se presentó, pues, en la sala ocupada por los dos pícaros, los cuales

seguían trabajando en los telares vacíos.

«¡Dios me guarde! -pensó el viejo ministro, abriendo unos ojos como platos-. ¡Pero si no veo

nada!». Pero tuvo buen cuidado en no decirlo.

Los dos estafadores le pidieron que se acercase y le preguntaron si no encontraba preciosos el

color y el dibujo. Al decirlo, le señalaban el telar vacío, y el pobre ministro seguía con los ojos

desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había.

«¡Dios mio! -pensó-. ¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo.

¿Es posible que sea inútil para el cargo? No debo decir a nadie que no he visto la tela».

-¿Qué? ¿No decís nada del tejido? -preguntó uno de los pillos.

-¡Oh, precioso, maravilloso! -respondió el viejo ministro mirando a través de los lentes-. ¡Qué

dibujos y qué colores! Desde luego, diré al Emperador que me ha gustado

extraordinariamente.

-Cuánto nos complace -dijeron los tejedores, dándole los nombres de los colores y

describiéndole el raro dibujo. El viejo ministro tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones

en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo.

Los estafadores volvieron a pedir más dinero, más seda y más oro, ya que lo necesitaban

para seguir tejiendo. Lo almacenaron todo en sus alforjas, pues ni una hebra se empleó en el

telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en el telar vacío.

Poco después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el

estado del tejido y a informarse de si el traje quedaría pronto listo. Al segundo le ocurrió lo

que al primero; miró y remiró, pero como en el telar no había nada, nada pudo ver.

-Precioso tejido, ¿verdad? -preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el

precioso dibujo que no existía.

«Yo no soy tonto -pensó el funcionario-, luego, ¿será mi alto cargo el que no me merezco? ¡Qué

cosa más extraña! Pero, es preciso que nadie se dé cuenta».

Así es que elogió la tela que no veía, y les expresó su satisfacción por aquellos hermosos

colores y aquel precioso dibujo.

-¡Es digno de admiración! -informó al Emperador.

Todos hablaban en la ciudad de la espléndida tela, tanto que, el mismo Emperador quiso

verla antes de que la sacasen del telar.

Seguido de una multitud de personajes distinguidos, entre los cuales figuraban los dos viejos y

buenos funcionarios que habían ido antes, se encaminó a la sala donde se encontraban los

pícaros, los cuales continuaban tejiendo afanosamente, aunque sin hebra de hilo.

-¿Verdad que es admirable? -preguntaron los dos honrados funcionarios-. Fíjese Vuestra

Majestad en estos colores y estos dibujos -, y señalaban el telar vacío,creyendo que los demás

veían perfectamente la tela.

«¿Qué es esto? -pensó el Emperador-. ¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tonto? ¿O es

que no merezco ser emperador? ¡Resultaría espantoso que fuese así!».

-¡Oh, es bellísima! -dijo en voz alta-. Tiene mi real aprobación-. Y con un gesto de agrado

miraba el telar vacío, sin decir ni una palabra de que no veía nada.

Todos el séquito miraba y remiraba, pero ninguno veía absolutamente nada; no obstante,

exclamaban, como el Emperador:

-¡Oh, es bellísima!-, y le aconsejaron que se hiciese un traje con esa tela nueva y

maravillosa, para estrenarlo en la procesión que debía celebrarse próximamente.

-¡Es preciosa, elegantísima, estupenda!- corría de boca en boca, y todos estaban

entusiasmados con ella.

El Emperador concedió a cada uno de los dos bribones una Cruz de Caballero para que las

llevaran en el ojal, y los nombró Caballeros Tejedores.

Durante toda la noche que precedió al día de la fiesta, los dos embaucadores estuvieron

levantados, con más de dieciséis lámparas encendidas. La gente pudo ver que trabajaban

activamente en la confección del nuevo traje del Emperador. Simularon quitar la tela del telar,

cortaron el aire con grandes tijeras y cosieron con agujas sin hebra de hilo; hasta que al fin,

gritaron:

-¡Mirad, el traje está listo!

Llegó el Emperador en compañía de sus caballeros más distinguidos, y los dos

truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:

-¡Estos son los pantalones! ¡La casaca! ¡El manto! …Y así fueron nombrando todas las

piezas del traje. Las prendas son ligeras como si fuesen una tela de araña. Se diría que no

lleva nada en el cuerpo, pero esto es precisamente lo bueno de la tela.

-¡En efecto! –asintieron todos los cortesanos, sin ver nada, porque no había nada .

-¿Quiere dignarse Vuestra Majestad a quitarse el traje que lleva -dijeron los dos bribones-, para

que podamos probarle los nuevos vestidos ante el gran espejo?

El Emperador se despojó de todas sus prendas, y los pícaros simularon entregarle las

diversas piezas del vestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes. Luego

hicieron como si atasen algo a la cintura del Emperador: era la cola; y el Monarca se movía y

contoneaba ante el espejo.

-¡Dios, y qué bien le sienta, le va estupendamente! -exclamaron todos-. ¡Qué dibujos! ¡Qué

colores! ¡Es un traje precioso!

–El palio para la procesión os espera ya en la calle, Majestad -anunció el maestro de

ceremonias.

-¡Sí, estoy preparado! -dijo el Emperador-. ¿Verdad que me sienta bien? -y de nuevo se miró al

espejo, haciendo como si estuviera contemplando sus vestidos.

Los chambelanes encargados de llevar la cola bajaron las manos al suelo como para levantarla,

y siguieron con las manos en alto como si estuvieran sosteniendo algo en el aire; por nada del

mundo hubieran confesado que no veían nada.

Y de este modo marchó el Emperador en la procesión bajo el espléndido palio, mientras que

todas las gentes, en la calle y en las ventanas, decían:

-¡Qué precioso es el nuevo traje del Emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué bien le sienta! –

nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que no veían nada, porque eso hubiera

significado que eran indignos de su cargo o que eran tontos de remate. Ningún traje del

Emperador había tenido tanto éxito como aquél.

-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.

-¡Dios mio, escuchad la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo empezó a

cuchichear sobre lo que acababa de decir el pequeño.

-¡Pero si no lleva nada puesto! ¡Es un niño el que dice que no lleva nada puesto!

-¡No lleva traje! -gritó, al fin, todo el pueblo.

Aquello inquietó al Emperador, porque pensaba que el pueblo tenía razón; pero se dijo:

-Hay que seguir en la procesión hasta el final.

Y se irguió aún con mayor arrogancia que antes; y los chambelanes continuaron portando la

inexistente cola.

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