Carlos A. Luna Escudero
La fragilidad que hoy muestran las universidades en México no puede entenderse como un episodio aislado ni como una simple consecuencia del contexto económico. Lo que quedó expuesto en la columna anterior es apenas la superficie de un problema mucho más profundo: la erosión de un modelo educativo que durante años funcionó por inercia, sin preguntarse si seguía siendo pertinente. La caída sostenida en la matrícula, el encarecimiento de las colegiaturas y la progresiva pérdida de valor simbólico del título universitario no son fallas del mercado, sino síntomas claros de un sistema que dejó de dialogar con la realidad social y laboral del país.
Si el análisis previo mostró a instituciones sobreviviendo entre números rojos y una creciente desconfianza social, detenerse ahí sería insuficiente. El verdadero desafío comienza cuando se deja de observar solo el deterioro financiero y se mira el núcleo del problema. Porque detrás de la crisis administrativa, de los recortes y de la precariedad institucional hay una pregunta que ya no puede seguir esquivándose: qué están formando hoy las universidades y con qué horizonte real para quienes pasan por sus aulas?
Esa pregunta no surge de la academia ni de las oficinas institucionales. Surge de los propios estudiantes y egresados, de una generación que empieza a notar que el esfuerzo invertido no siempre se traduce en oportunidades reales ni en trayectorias claras. Cuando la duda se instala, la crisis deja de ser presupuestal y se vuelve estructural; deja de ser sectorial y se convierte en social.
Con ese telón de fondo, el debate sobre la educación superior cambia de naturaleza. Ya no se trata solo de cuánto cuesta estudiar o de cuántos recursos reciben las instituciones, sino de qué sentido tiene hoy la formación universitaria y qué tan preparada está para un mundo radicalmente distinto al que la vio nacer. En ese punto, el problema deja de ser institucional y se convierte, de lleno, en generacional.
El problema no es el conocimiento. El problema es el modelo. Un modelo educativo diseñado para un mundo que ya no existe, basado en la idea de trayectorias lineales, estabilidad laboral y saberes duraderos. Hoy la realidad es volátil, fragmentada y cambiante, pero la universidad sigue formando para certezas en un entorno dominado por la incertidumbre.
Los planes de estudio son rígidos, largos y lentos para actualizarse. Muchos contenidos quedan obsoletos antes de que el estudiante termine la carrera, pero el sistema prioriza cumplir programas antes que responder a la realidad.
A esto se suma una confusión profunda entre educar y acumular información. Se privilegia la memorización sobre la comprensión, la respuesta correcta sobre el criterio, el contenido sobre el pensamiento. El resultado son egresados con conocimientos teóricos, pero con enormes dificultades para resolver problemas reales, adaptarse a contextos nuevos o tomar decisiones complejas.
Existe también una desconexión evidente con el mundo laboral y social. Muchos programas se diseñan sin diálogo real con los sectores productivos, tecnológicos o comunitarios. La universidad forma para un mercado laboral que ya cambió, bajo la ilusión de que la estabilidad regresará. No lo hará.
Paradójicamente, mientras lo técnico se automatiza cada vez más, el modelo educativo sigue subvalorando las habilidades humanas. La comunicación, el trabajo en equipo, la inteligencia emocional, el pensamiento crítico y la creatividad siguen tratándose como complementos, cuando hoy son competencias centrales. La irrupción de la inteligencia artificial terminó de desnudar esta contradicción: lo repetitivo, lo mecánico y lo predecible ya no es exclusivo del ser humano. Lo verdaderamente escaso es el juicio, la empatía, la capacidad de leer contextos y adaptarse sin entrar en pánico. Y eso es, justamente, lo que menos se enseña.
La tecnología, lejos de ser una palanca de transformación, se integra de manera superficial. Se digitaliza el aula, pero no el modelo. Se replican viejas prácticas con nuevas herramientas. No se repiensa cómo se enseña, cómo se evalúa ni cómo se gestiona la universidad. A ello se suma un liderazgo institucional atrapado en la lógica administrativa y burocrática, más preocupado por conservar el orden que por transformar el proyecto educativo.
El sistema evalúa mal, dirige mal y promete más de lo que puede cumplir. Se habla de innovación, pensamiento crítico y formación integral, pero se mantiene una estructura que castiga la diferencia, penaliza el error y premia la obediencia. La brecha entre el discurso y la práctica es cada vez más profunda.
Por eso hoy un título ya no impresiona como antes. El mundo dejó de organizarse por credenciales y empezó a hacerlo por capacidades reales. El papel ya no habla solo. Hay que sostenerlo con resultados. Esto no significa que estudiar no sirva. Significa que creer ciegamente en el sistema sí es un error. Estudiar sin cuestionar qué, cómo y para qué es una apuesta cada vez más riesgosa.
El verdadero fracaso académico no es que los jóvenes abandonen carreras.
El verdadero fracaso es que las universidades no abandonen su comodidad. Siguen educando como si el mundo fuera lento, predecible y ordenado, cuando es exactamente lo contrario. Las autoridades educativas, lejos de corregir el rumbo, continúan otorgando reconocimientos y permisos sin analizar la pertinencia real de los programas, con decisiones tomadas por funcionarios sin el perfil necesario.
Y mientras no se asuma esta crisis de fondo, las universidades seguirán entregando títulos…
y los jóvenes seguirán pagando la cuenta de un modelo educativo que se niega a cambiar.
Si la universidad quiere seguir siendo relevante, no necesita ajustes cosméticos ni discursos de modernización. Necesita una refundación profunda, una transformación que asuma que el modelo actual está agotado. La universidad del futuro no puede ser una versión “actualizada” de la del pasado: debe ser otra cosa.
El primer cambio debe ser conceptual. La universidad no puede seguir definiéndose como una fábrica de títulos, sino como un ecosistema permanente de aprendizaje, pensamiento y adaptación. Su función central ya no es certificar que alguien “sabe”, sino demostrar que alguien piensa, comprende, decide y aprende de manera continua.
El título deja de ser el fin y se convierte, en todo caso, en una consecuencia parcial.
Esto implica abandonar definitivamente la idea de trayectorias únicas, lineales y cerradas. La universidad del futuro debe operar con rutas formativas flexibles, modulares y personalizables, donde el estudiante no recorra un camino prediseñado para todos, sino construya su formación según intereses, capacidades y contextos cambiantes. Carreras rígidas de cuatro o cinco años deben dar paso a itinerarios de aprendizaje acumulables, revisables y reconfigurables a lo largo de la vida.
El conocimiento ya no puede organizarse en compartimentos cerrados. La universidad del futuro debe romper las fronteras artificiales entre disciplinas y trabajar desde problemas reales, no desde materias aisladas.
El eje de la formación no debe ser la asignatura, sino el desafío: social, tecnológico, ambiental, económico o cultural. Aprender deja de ser memorizar contenidos y pasa a ser resolver problemas complejos desde múltiples miradas.
En este modelo, el rol del docente también cambia radicalmente. El profesor deja de ser transmisor de información —una función que hoy cualquier tecnología cumple mejor— y se convierte en mentor, guía intelectual y diseñador de experiencias de aprendizaje. Su valor no está en repetir contenidos, sino en provocar preguntas, acompañar procesos y formar criterio. Esto exige una revalorización profunda del trabajo docente, pero también una exigencia mayor en su formación y actualización.
La evaluación, uno de los puntos más dañinos del modelo actual, debe transformarse de raíz. La universidad del futuro no evalúa memoria, evalúa procesos, decisiones, capacidades y aprendizajes reales. El error deja de ser penalizado y se convierte en parte estructural del aprendizaje. Se evalúa cómo se piensa, cómo se colabora, cómo se argumenta y cómo se mejora, no solo qué respuesta se da.
La tecnología, en este nuevo modelo, no es un accesorio ni una plataforma. Es infraestructura cognitiva.
Debe atravesar toda la vida universitaria: enseñanza, gestión, investigación y toma de decisiones. Inteligencia artificial, análisis de datos y entornos digitales deben utilizarse no para automatizar lo viejo, sino para liberar tiempo, personalizar aprendizajes y potenciar capacidades humanas. La universidad del futuro usará tecnología para pensar mejor, no solo para operar más rápido.
Un eje central de esta refundación es el desarrollo deliberado de las habilidades humanas.
La universidad del futuro forma, de manera explícita y transversal, pensamiento crítico, creatividad, comunicación, inteligencia emocional, ética, colaboración y adaptabilidad. Estas no son materias optativas ni discursos institucionales: son criterios de diseño curricular y de evaluación. Todo aprendizaje debe demostrar impacto en estas capacidades.
La relación con el mundo laboral y social también debe redefinirse. La universidad no puede seguir formando en aislamiento. Debe convertirse en un nodo activo dentro de su entorno, conectado de manera permanente con comunidades, sectores productivos, organizaciones sociales y gobiernos. No para subordinarse al mercado, sino para dialogar críticamente con él y anticipar transformaciones. La formación debe ser situada, contextual y socialmente responsable.
Este nuevo modelo exige, inevitablemente, un cambio radical en el liderazgo universitario. La universidad del futuro no puede ser dirigida por burócratas del pasado.
Necesita liderazgos con visión prospectiva, capaces de tomar decisiones incómodas, romper inercias y asumir riesgos. Gobernar una universidad ya no es administrar estabilidad, sino conducir transformación.
La rendición de cuentas debe ser parte estructural del sistema. La universidad del futuro no pedirá confianza ciega: la construirá con evidencia.
Debe demostrar públicamente qué forma, cómo lo forma y con qué resultados. La legitimidad ya no se heredará del pasado; se ganará en el presente.
Finalmente, la universidad del futuro deberá asumir una verdad incómoda: no todos los modelos, programas ni estructuras merecen sobrevivir. Defender instituciones obsoletas en nombre de la tradición es condenar a generaciones enteras a pagar el costo del inmovilismo. Transformar implica cerrar lo que no funciona, rediseñar lo que es rescatable y construir lo que hoy no existe.
Esta no es una propuesta idealista. Es una propuesta urgente. Porque si la universidad no se atreve a romper su propio molde, otros lo harán por ella. Y entonces no perderá solo prestigio o matrícula: perderá su razón de ser. |
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