Carlos A. Luna Escudero
En México, hablar de educación suele hacerse desde la retórica del progreso, la cobertura ampliada y las cifras oficiales que apuntan a mejoras graduales. Sin embargo, detrás de ese discurso optimista persiste una realidad estructural que se resiste a desaparecer: el rezago educativo. No se trata de un problema marginal ni de una deuda histórica en vías de solución; es una crisis vigente que afecta a millones de personas en el país.
De acuerdo con los más recientes datos de la Medición Multidimensional de la Pobreza presentados por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), Veracruz pasó del quinto al segundo lugar nacional en rezago educativo en tan solo dos años. Actualmente, el 26.3 por ciento de los veracruzanos, poco más de una cuarta parte de la población total de la entidad, no ha logrado concluir su formación obligatoria en el sistema educativo.
El dato, por sí solo, resulta alarmante. Pero cuando se desagrega por regiones, emerge una geografía de desigualdad que exhibe con crudeza los límites del modelo educativo mexicano. Veracruz, lejos de avanzar al ritmo de otras entidades, se ubica entre los estados donde el problema no solo persiste, sino que ha empeorado.
Mientras otras entidades lograron reducir su rezago educativo, Veracruz avanzó en sentido contrario al pasar del quinto al segundo lugar nacional en apenas dos años. Puede parecer un movimiento de posiciones, pero en realidad representa miles de personas adicionales que no han logrado concluir su educación básica o media superior obligatoria.
Este incremento no es un accidente estadístico. Es el reflejo de un sistema que no está logrando retener, recuperar ni reincorporar a quienes quedan fuera del proceso educativo. Es, también, evidencia de políticas públicas insuficientes o mal focalizadas.
El problema es aún más complejo si se considera que Veracruz presenta una doble cara del rezago. Por un lado, concentra una alta proporción de personas que no concluyeron su formación obligatoria; por otro, muestra un deterioro visible en distintos niveles del sistema educativo. Esto no significa únicamente que el estado esté rezagado en términos generales, sino que su problema se extiende desde los niveles básicos hasta la educación media superior, justo donde deberían consolidarse los cimientos del desarrollo humano.
El rezago educativo no puede entenderse sin analizar su vínculo directo con la pobreza.
En Veracruz, amplias zonas rurales y periurbanas —según los diagnósticos más recientes derivados de la Medición Multidimensional de la Pobreza del INEGI— enfrentan condiciones que hacen de la educación un privilegio y no un derecho garantizado.
La distancia a los centros escolares, la necesidad de incorporarse tempranamente al trabajo, la falta de infraestructura y la precariedad económica son factores que empujan a miles de jóvenes a abandonar la escuela. Pero más allá de estas causas estructurales, existe un componente institucional que no puede ignorarse: la incapacidad del Estado para generar mecanismos eficaces de permanencia y reinserción educativa.
El sistema parece diseñado para quienes logran mantenerse dentro de él, pero ofrece pocas oportunidades reales para quienes lo abandonan. Programas de educación para adultos, como los impulsados por el Instituto Veracruzano de Educación para los Adultos (IVEA), enfrentan limitaciones operativas, presupuestales y de alcance que reducen su impacto.
El rezago educativo no termina en la adolescencia. Se extiende a lo largo de la vida y condiciona las oportunidades laborales, sociales y económicas de millones de personas.
En Veracruz, el mayor porcentaje de rezago se presenta en el nivel de bachillerato, pues el 36.5 por ciento de la población de 22 años o más, nacida a partir de 1998, no cuenta con educación media superior. El dato es escandaloso, porque demuestra que más de una tercera parte de los veracruzanos que debieron cursar la preparatoria después de que ésta se volvió obligatoria, no lo lograron.
Durante años, la política educativa en México ha priorizado la cobertura: más escuelas, más espacios, más matrícula. Sin embargo, el caso de Veracruz evidencia que el acceso por sí solo no garantiza resultados.
El verdadero desafío no es únicamente que los estudiantes ingresen al sistema, sino que permanezcan en él y concluyan sus estudios. Y ahí es donde el modelo muestra sus mayores debilidades.
La deserción escolar sigue siendo alta, especialmente en contextos de vulnerabilidad. La calidad educativa es desigual. Y los mecanismos de seguimiento a estudiantes en riesgo son limitados o inexistentes.
En muchos casos, la escuela deja de ser un espacio de movilidad social para convertirse en una estructura que reproduce desigualdades.
Que Veracruz concentre una parte tan grave de su rezago en la formación obligatoria debería encender todas las alertas. La primaria, la secundaria y el bachillerato no son etapas accesorias del sistema educativo; son su núcleo fundamental.
Cuando un estudiante no concluye estos niveles, no solo pierde años de formación académica, sino que queda prácticamente excluido de cualquier trayectoria educativa posterior. El rezago educativo no es solo un indicador, es una sentencia de desigualdad a largo plazo.
Y, sin embargo, es precisamente en estos niveles donde las políticas públicas parecen tener menor impacto.
El aumento del rezago educativo en Veracruz no solo es un dato preocupante: es, sobre todo, un indicador de que no existe —o no está funcionando— una estrategia integral capaz de atender el problema en su verdadera dimensión.
Las cifras utilizadas para este diagnóstico no son opiniones ni percepciones aisladas. Provienen del INEGI, a través de la más reciente Medición Multidimensional de la Pobreza; del análisis realizado por el Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS-Unidad Golfo); y de la propia Secretaría de Educación de Veracruz en su documento “Indicadores del Sistema Educativo 2024”. Es decir, el diagnóstico existe. El problema es la falta de respuesta.
Hasta ahora, la política educativa ha respondido con una lógica fragmentada. Programas de alfabetización por un lado, permanencia escolar por otro, apoyos sociales sin articulación. No existe una visión integral ni territorialmente diferenciada.
Veracruz no es homogéneo. No enfrenta un solo rezago, sino múltiples realidades. Sin embargo, las políticas siguen siendo uniformes.
Además, existe un problema de seguimiento. El sistema educativo sabe cuántos estudiantes ingresan, pero pierde de vista a quienes abandonan. Y una vez fuera, su reincorporación es excepcional.
El IVEA cumple una función clave, pero su capacidad es insuficiente frente a la magnitud del problema.
A esto se suma un tema de fondo: la calidad educativa. Permanecer en la escuela no garantiza aprender. El rezago también se construye dentro del aula.
Otro punto crítico es la falta de vinculación entre educación y empleo. Para muchas familias, abandonar la escuela no es una decisión irracional: es una necesidad económica.
Por ello, una estrategia real debería incluir:
Focalización territorial
Sistemas de alerta temprana
Fortalecimiento del IVEA
Mejora en la calidad educativa
Vinculación con oportunidades económicas
Hoy, ninguno de estos ejes está plenamente desarrollado en Veracruz.
El sistema reacciona, pero no previene. Atiende, pero no transforma.
Si el rezago educativo en Veracruz crece, no es producto del azar. Es la consecuencia directa de decisiones políticas que han colocado la educación en manos equivocadas.
El paso de un ex titular de la Secretaría de Educación —recordado más por su pasado en el entretenimiento nocturno que por su capacidad técnica— simboliza la degradación institucional del sistema educativo veracruzano. Su gestión fue señalada no solo por su ineficiencia, sino por versiones persistentes de un enriquecimiento acelerado y difícil de explicar desde el servicio público.
Mientras los indicadores se deterioraban, su poder crecía. No dejó reformas, no corrigió fallas y no contuvo el rezago. Por el contrario, su administración es vista como una etapa de desorden, opacidad y uso político de la educación.
El problema no es solo del pasado, sino de las condiciones actuales que no han logrado revertir esa inercia.
Los datos proporcionados por la propia Secretaría de Educación de Veracruz en el documento “Indicadores del Sistema Educativo 2024” revelan un agravamiento del rezago educativo y de la deserción escolar. De 2018 a 2024, la matrícula escolar disminuyó al pasar de poco más de 2 millones 235 mil estudiantes a menos de 2 millones 040 mil, lo que supone una pérdida global de más de 200 mil estudiantes dentro del sistema educativo estatal.
Más abajo, en los niveles de la llamada educación básica, la situación tampoco está para echar las campanas a vuelo, pues el 15.6 por ciento de la población de entre 3 y 16 años, que debería estar cursando preescolar, primaria o secundaria, no acude a la escuela.
El rezago educativo no es solo un indicador social. Es una radiografía del fracaso institucional. Es la evidencia más clara de que el Estado no está cumpliendo una de sus funciones más básicas: garantizar que las personas puedan construir un futuro a partir del conocimiento.
En Veracruz, el problema ya no puede explicarse únicamente por la pobreza o por condiciones históricas. Hoy, el rezago educativo también es resultado de decisiones políticas equivocadas, de administraciones que utilizaron la educación como plataforma de poder y de una estructura gubernamental que, en el mejor de los casos, reacciona tarde y, en el peor, simplemente administra el problema sin resolverlo.
Las cifras más recientes no dejan espacio para la interpretación optimista: Veracruz pasó del quinto al segundo lugar nacional en rezago educativo, y eso no es una casualidad. Es una consecuencia.
Consecuencia de haber permitido que la Secretaría de Educación se debilitara, se politizara y se alejara de su propósito central.
El rezago educativo no se combate con discursos. Se combate con decisiones, con estrategia y con voluntad política real. Y hoy, en Veracruz, esos elementos no están claramente sobre la mesa.
Lo verdaderamente preocupante no es solo que el rezago exista, sino que se esté normalizando. Que más de una cuarta parte de la población veracruzana no haya concluido su formación obligatoria ya no escandaliza. Que más de una tercera parte de la población de 22 años o más no tenga bachillerato se percibe como parte del paisaje. Que 15.6 por ciento de niñas, niños y adolescentes en edad escolar no asista a la escuela empieza a asumirse como inevitable.
Y cuando una sociedad normaliza eso, deja de aspirar a algo mejor.
Veracruz enfrenta hoy una disyuntiva: o convierte la educación en una prioridad real o seguirá atrapado en un ciclo donde la desigualdad se reproduce año con año.
Porque en educación no hay punto medio: o se avanza o se retrocede.
Y Veracruz, hoy, está retrocediendo.
El rezago educativo no es una cifra. Es una condena silenciosa que se acumula en miles de historias individuales.
Es una deuda social, económica y moral.
Y en Veracruz, esa deuda no solo sigue pendiente.
Se está profundizando. |
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