Por Inocencio Yáñez Vicencio.
El artículo que circuló el día de hoy de Heriberto M. Galindo Qiñones, me motivó a hacer algunas reflexiones, esperando contribuir con ellas a qué efectivamente impere el derecho ante la fuerza que hoy priva por doquier.
Las relaciones sociales de producción, cualesquiera que sean, desde mucho antes de dominar, producen una superestructura que tiene como propósito resaltar sus bondades para que más allá de la fuerza que las haga triunfar, sean aceptadas. Durante siglos , el sujeto portador de las relaciones sociales de producción capitalistas, como las fracciones de clases y grupos que las secundaban, no sólo se abrieron paso " pacíficamente" , como en Inglaterra, cuya acumulación originaría tiene su momento más álgido con los cercados que barrieron al campesinado de fines del siglo XV al siglo XVIII y con la Revolución Industrial en la última década de 1700; políticamente, desde el año de 1215, fueron limitando y sometiendo a sus designios al poder político, permitiendo con las revoluciones de 1648, 1668 y la gloriosa revolución de 1688, transitar del régimen servil al régimen salarial. Ningún estallido ilustra tan claramente el paso del régimen basado en la servidumbre y el vasallaje al régimen centrado en el mercado de trabajo donde el que no tiene más que su fuerza de trabajo que vender acude, para no morir de hambre ante el propietario de los medios de producción, quien compra esa fuerza de trabajo, sabiendo que hay leyes, jueces, policías, soldados y cárceles, para hacer que el contrato que firman trabajador y patrón, se cumpla, aceptando el productor directo un salario que apenas le sirve para sobrevivir en tanto el que lo contrata se queda con el excelente, con la plusvalía, que luego se reinvierte para que siga creciendo el capital y el capitalista.
El sistema que surge de la lucha entre la burguesía y la sociedad feudal, se conoce como liberal, porque respecto al anterior tiene la ventaja que los siervos son liberados para ir a los burgos y ciudades a engrosar las filas del mercado de trabajo, temiendo la libertad de escoger patrón y firmar voluntariamente un contrato, claro, con la sentencia que si lo firma de muere de hambre, porque en el nuevo sistema, en el sistema capitalista, el trabajador queda despojado totalmente de su trabajo y hasta de su producto, con la gran contradicción de que la producción es social pero la apropiación es privada.
Esas relaciones, como puede verse son de explotación salarial, con una ficticia libertad, que se circunscribe a cambiar de amo, pero se le otorgan libertades políticas y jurídicas que le dan la ilusión de que el poder tiene su fuente en su voto y voluntad para que obedezca sin repelar todo lo que emana de sus superiores. Kant fue muy claro al decir que el andamiaje jurídico debía ser como si el pueblo lo hubiera confeccionado, dado que el Estado tenía como función la realización del derecho. Es pertinente preguntar: el derecho de quién?
El derecho de los dueños de los medios de producción.
El Estado liberal burgués, para ser obedecido por todos tiene que ser presentado como un Estado de todos, como un Estado neutral, como un árbitro. Para que sea aceptada esa treta otorga el voto a todos, el voto universal, haciendo aparecer a los representantes como representantes de todos. No puede poner en la boleta puros representantes de la burguesía, eso delataria su carácter burgués. La pluralidad sólo pueden revestirla reconociendo una diversidad en el pensar y actuar que debe reflejarse en el espectro partidista, que no preocupa en tanto las principales decisiones poco a poco se han transferido al mercado hasta dejarle al poder político las mínimas para que cumpla la más importante función en el capitalismo que es la de gendarme o guardián nocturno. Puede haber autonomía del poder político respecto de tal o cual capitalista, pero no de la masa de capitalistas.
En estás condiciones la lucha entre las élites políticas se da en los límites de las contradicciones propias del sistema y de las relaciones dominantes, de tal forma que pase lo que pase entre ellas, mientras permita la ganancia, por muy descompuestas que estén esas élites, la inversión sigue, siempre y cuando exista el mínimo de garantías para su operación.
Es evidente que a los grandes capitales no les interesa la democracia, no les importa que tal o cual gobernante sea autoritario o demócrata.
El imperialismo norteamericano no quiere a cuba porque en ese país no se practiquen las reglas democráticas, no quiere el actual régimen cubano sencillamente porque no se le somete. No se preocupe que en el sureste asiático o en el cercano oriente o en África existan regímenes autocraticos, mientras se le sometan.
Gané un concurso de oratoria en la secundaria condenando la intervención estadounidense en la República Dominicana. Marché muchas veces contra la política norteamericana en Vietnam, a no pocos se les olvida que el 68 empieza con una marcha del Salto del Agua al Hemiciclo a Juárez, que gracias a una intervención de mi amigo Efraín García Reyes, se une a ella un contingente del Politécnico, aquél 26 de Julio de 1968, para dirigirse al Zócalo, que en las calles de Palma es reprimida, con lo que comienza esa epopeya. Firmé un desplegado que apareció en la Revista Proceso, por la invasión Yanqui a Granada. En el 68 parte de la delegación que asistiría al IX Congreso de la FMJD la acerqué al Partido Comunista Mexicano, en las calles de Mérida. En esa delegación participemos Pablo Gómez, Vicente Villamar, Iván García Solís, Arnoldo Martínez Verdugo y otros prominentes comunistas. Levanté firmas para la legalización del Partido Comunista. En el Congreso de las juventudes latinoamericanas que organizó Luis Orellan, donde estuvo Arnulfo Márquez, tomé la tribuna para condenar la política intervencionista de los Yanquis. Organicé un encuentro del MNJR con socialistas y trotsquistas. Participé y fui miembro de la Comisión negociadora que defendió en la Escuela Superior de Economía del IPN, las materias de marxismo. Fuí maestro en esa escuela de marxismo...
Por lo que sería una vergüenza que hoy escondiera mis credenciales y mis compromisos ideológicos. Fuí y soy una persona muy bien definida. Nunca he sacado beneficio de la indefinición. Hago mío aquello de Weber, de que hacer política empieza por la toma de partido. Cuando tuve que tomar partido lo hice a favor del PRI y siempre tuve claro que cuando saliera de el, no sería para irme a otro partiro de soplón. Saltar de un partido a otro o flotar sobre ellos, no es propio de nombres, es manía trasvestista.
Hay quienes confunden los títulos profesionales con títulos mobiliarios, olvidado que antes , quienes somos hombres, estamos obligados a honrar ese título, por bien de nosotros y de nuestra familia.
Los priístas siempre nos sentimos orgullosos de la Doctrina Estrada. Mientras las condiciones materiales que la hicieron surgir no cambien, tenemos que seguir defendiendo el derecho a la autodeterminación de los pueblos a darse el gobierno que sea su voluntad.
Abrazo el liberalismo como estación de tránsito, no como estación terminal, abrazo el liberalismo porque sus reglas y valores nos permiten que la lucha de contrarios sea pacífica, que no tengo duda que va más allá del liberalismo, tan innegable que hoy mismo ya se habla de liberalismo social y de democracia social, con derechos individuales pero también con derechos sociales, camino que no se despeja poniéndonos de la lado de la bestia Trump sino del pueblo cubano, no porque estemos de acuerdo con su régimen sino porque, como pocos, se ha atrevido a desafía un Imperio cifrado en la sangre y la muerte de muchos inocentes. |
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