Fue en la década finisecular (los años 90 del siglo XX) cuando en México maduraron las circunstancias para cimentar una democracia por tantos años anhelada, la del respeto al voto ciudadano, la de garantizar el resultado con apego al numero de votos bien contados, de escuchar la voz ciudadana en asuntos de gobierno. El IFE en 1990 y el INE en 2014 fueron solidos baluartes de una democracia en ciernes, por cierto, muy elemental. Porque mientras en sociedades de ciudadanía elevadamente participativa el gobierno se cuida de atender puntualmente sus reclamos, en la incipiente democracia mexicana, si el gobierno se siente en riesgo por una denuncia en su contra o contra alguno de sus elementos, adopta la actitud de autodefensa sin importar la sustancia del caso.
Así parece estar ocurriendo en el caso de Jesús Ramírez Cuevas (jefe de Asesores del gobierno de la presidenta Sheinbaum y exvocero presidencial con López Obrador), a quien Julio Sherer Ibarra en su libro “Ni venganza ni perdón”, le atribuye vínculos estrechos con Sergio Carmona Angulo, El Rey de Huachicol, y otros agentes de nada recomendable prestigio. En una democracia madura una denuncia de esa naturaleza causa efectos de inmediato, si fuera el caso de Ramírez Cuevas, de ipso facto se le hubiera separado de su cargo a la espera de las correspondientes investigaciones. Pero en nuestro país eso no ocurre, salvo, como en el caso de Adán Augusto, que las circunstancias se tornen insostenibles. Mientras, Jesús Cuevas seguirá siendo “un hombre de principios”. |
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