No faltan voces preguntándose porqué la población mexicana no reacciona frente a las circunstancias tan difíciles de su entorno cotidiano. Pero quienes así opinan no perciben la angustia del ciudadano mexicano promedio, ocupado en labores de subsistencia familiar y atemorizado por la perdida de su calidad de vida sin atinar qué hacer, porque, por un lado sufre el amago de la violencia cotidiana, y por otro, no acude a las instituciones pidiendo auxilio por desconfianza, y porque la impunidad se enseñorea sobre el ámbito de la justicia. En esa circunstancia, no viendo más que sombras en su camino, aguarda la ayuda desde el exterior que opere en contra del poderío de los señores de la droga, posicionados ya de parcelas de poder político y policiaco, en convivencia cómplice con actores políticos. Alcaldes, diputados, funcionarios de nivel cupular han sido señalados como cómplices de los malosos, sin embargo nada avisa que se haya iniciado una investigación para aclararlo. En ese contexto, es explicable el por qué el ciudadano mexicano no levanta la voz contra el dramático escenario donde la violencia, las desapariciones, la extorción, los homicidios, son parte de “la normalidad” social.
Como piedra contra un panal cayó en México el Informe del Comité contra la desaparición Forzada de la ONU que asume que el país está sometido al veredicto de grupos criminales. El gobierno, en vez de acompañar con un sosegado análisis este tema, descalifica al referido Comité de la ONU, lo rechaza porque lo considera “sesgado”. México es signatario del Estatuto de Roma, que establece como crimen de lesa humanidad la desaparición sistemática de personas, y está en la mira del gremio internacional de países miembros de la INU. Especialistas en el tema afirman que con esa actitud el gobierno mexicano ratifica el discurso del presidente estadounidense respecto a un gobierno omiso en la lucha contra la delincuencia organizada. En ese contexto, la señora Piedra, presidenta de la Comisión de Derechos Humanos, a la cual le ha desfigurado el rostro, asume una postura de defensa al gobierno mexicano, en vez de mostrar interés por un asunto que trasciende nuestras fronteras y nos pone bajo los reflectores internacionales. Difícil trance del gobierno mexicano porque en ese escenario es complicado atribuir culpas al adversario interno sin exhibirse como intolerante. Peor aún, ahora Trump dispone de un argumento más para justificar sus acciones de policía del mundo. Por ahora lo de Irán lo mantiene entretenido, aunque no así a sus operadores para Venezuela, Cuba y México. Pero el asunto ya es insoslayable, lo confirma el obispo de Saltillo, Raúl Vera López, quien en su homilía del sábado señaló que “México se ha negado a enfrentar la grave crisis de las desapariciones y tampoco ha evitado la participación de autoridades con la delincuencia organizada… El gobierno mexicano no ha enfrentado nunca, porque hay cómplices dentro de los gobiernos, la impunidad que dejan, pero también se acostumbraron a ganar el dinero sin trabajar… Son unos haraganes y corruptos, que entran solamente por el cargo y lo que reciben de dinero. Es un asco. México debe dar la cara porque nosotros los estamos inculpando”. He allí una parte del tejido social que nadie se ocupa en zurcir antes de que se rompa por completo. |
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