“AMLO, un peligro para México” fue un spot de campaña diseñado por el consultor político Antonio Solá durante el proceso electoral de 2006 para desactivar la tendencia alcista de la candidatura presidencial del muy afamado “Peje”, Andrés Manuel López Obrador. El ajustado resultado electoral favorable a Felipe Calderón dio lugar a la narrativa evocadora de “un fraude electoral” en contra de AMLO, a quien sus seguidores invistieron estratégicamente como “presidente legítimo” y calificaron a Calderón como usurpador. A partir de aquel suceso Felipe Calderón se convirtió en el villano favorito de una campaña prohijada por el propio López Obrador para mantener viva la adscripción de sus seguidores a su tenaz fruición de candidatearse de nuevo para la presidencia en 2012. Así fue, aunque en esta ocasión la candidatura panista no cubrió las expectativas y una fructífera campaña mediática a favor de Peña Nieto dejaron a López Obrador sin argumentos para discutir supuestos fraudes. Con la sugerente expresión de “la tercera es la vencida”, y la formación de un nuevo partido en 2014 se incentivó la eternizada campaña de AMLO hacia la presidencia, nada, ni el infarto lo detuvo en sus recorridos por todo el país. La inseguridad, el enojo social, la corrupción imperante en el país sirvieron de combustible en sus discursos pueblerinos para ofrecer radicales cambios en el país, dando prioridad a los más necesitados, “primeros los pobres” fue la retórica que enamoró a la mayoría ciudadana del país.
Con la complacencia del gobierno de Peña Nieto, en 2018 AMLO derrotó al PAN y al PRI, obviamente avalado por una mayoría de votos fuera del alcance de sus opositores. Sobrevino entonces la “Cuarta Transformación”, que según sus promotores significa el arribo del “pueblo” al gobierno de México. Esa abstracción ideológica ha servido para, en nombre del “pueblo”, transformar el marco jurídico e institucional del país: nunca como ahora se había reformado tan irreflexivamente la Constitución General de la República, la Carta Magna tiene ya otro rostro, nada que ver con el pasado inmediato. Todo comenzó justamente con la confianza popular en quien ofreció terminar con la corrupción, disminuir los índices delincuenciales, mejor sistema de salud, un crecimiento económico del 4 por ciento, reducir la deuda pública, impulsar el desarrollo socioeconómico del sureste de México, regresar a las fuerzas armadas a sus cuarteles, el rescate de Pemex y de la CFE, etc. Lamentablemente, absolutamente, nada de eso es una realidad en México, sino todo lo contrario: la inseguridad aumentó al tope al igual que la injerencia del crimen organizado en la política del país, la corrupción cabalga como caballo de hacienda, las fuerzas armadas realizan tareas de seguridad pública con mayor intensidad, México no ha superado el 1 por ciento de crecimiento económico anual, el sector salud aún no encuentra rumbo y se deteriora aún más, en el sureste de México hasta ahora el Tren Maya es un fracaso como motor de desarrollo y requiere de subsidios gubernamentales para seguir operando, la refinería de Dos Bocas no procesa aún los 350 mil barriles diarios que con tanto bombo se anunciaron, aunque frecuentemente produce notas de serios incidentes, PEMEX permanece en letargo financiero pese al elevado respaldo del gobierno. El expediente de la deuda pública acrecida exponencialmente es otra bomba en el ya minado ámbito del sector público del país. A nueve años del arribo de López Obrador a la presidencia de México, este es sin maquillaje el rostro del país. Por todo esto aquella expresión propagandística de la campaña presidencial de 2006 adquiere un significado de visión esotérica. |
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